lunes, 20 de abril de 2026

Veinte años de paz

Plaza del Capitán Furillo, completamente engalanada. Sobre el balcón presidencial cuelga una gran pancarta donde se puede leer “Veinte años de paz”. La plaza está atestada. La multitud, enfervorizada. Las cerilleras, en primera fila, arrancándose las vestimentas en su paroxismo. Los trileros, apartados en un lateral, muestran sus vasos. Deshollinadores, periodistas deportivos, ortodoncistas, abogados, augures, lazarillos, médicos y demás gente de mal vivir llevan camisetas con la efigie de Zeporro Máximo. La temperatura es insoportable. La humedad, altísima. La sombra, escasa.

A las doce del mediodía se corren las cortinas del balcón presidencial. Se abren las puertas y, en medio de un clamor indescriptible, aparece Zepporro Máximo. Va vestido con uniforme de gala. Gorra de plato comprada en el Rastro a un taxista de época. Chaqueta llena de medallas y charreteras conseguida en una subasta de recuerdos de miembros del PCUS. Bañador bermuda de flores. Calcetines negros estirados y sandalias. Suena el himno: “Never can say goodbye”. Las manos derechas sobre el corazón durante el primer minuto. Después, como manda la tradición, todos cantan y bailan al compás. Zepporro Máximo, gracias a un privilegio que él mismo se concedió, hace el robot mientras tanto. Concluye. Se hace el silencio. Un silencio expectante.

-¡Granmedusitas!

Rugido orquestado por las cerilleras y continuado por el resto.

-¡Desde este balcón veinte años de paz nos contemplan! Porque yo soy la paz. En minúsculas. Porque si fuera con mayúsculas sería la capital de Bolivia.

Carcajadas estruendosas. Tres minutos de gente llorando de risa bajo la atenta mirada del presidente y de sus fuerzas de represión.

-Porque yo os he traído la paz. Y la felicidad. Porque sólo desde el pensamiento único era posible y lo habéis visto.

(Diez minutos después).

…porque yo os libré del histrión de Tomoya, refugiado ahora en la jardinería en su exilio serrano donde llora su frustración arropado por Maroto y Torrija, otrora ilustres embajadores de este nuestro imperio de paz y ahora pobres caricaturas de sí mismos, podando y podando, al servicio de un enajenado.

(Veinte minutos después).

…del tres con ocho. Tres con ocho. Y tendría que ser menos. Gandul Sagaz. Menudo fantoche. Dice que es médico. Un pobre curandero estafando a los pobres jienenses. ¿Qué habrán hecho ellos para merecerlo?


(Una hora después). 

-¡Porque las patatas bravas son con ajoaceite y pimentón! ¡Y nada más! Al resto lo llaman bravas pero son patatas con cosas. Una aberración. Y gracias a mí coméis las auténticas patatas bravas un día sí y otro también. Porque es el plato nacional. Porque me encanta que huela a ajo en todos vuestros alientos.

(Otra hora después).

…y al fútbol se juega con botas negras. Y los jugadores numerados del uno al once. Y en la foto de los equipos, los de delante agachados como Yo mando. Como toda la vida. Y prohibido por completo los córner sacados en corto. Todos al área. Bajo pena de cárcel.

(Dos horas después).

-Pues claro que Popeye era un drogadicto. ¿Espinacas? Sí, hombre. Y Brutus, ese hombre sensible, enamorado, delicado, siendo derrotado por ese mequetrefe. ¿Cómo pudieron convertir en héroe a ese deshecho? Por eso, en honor a Brutus, todos los perros de nuestra amada república se llaman como él. Todos. Y por eso ordené modificar los episodios de Popeye. Y por eso me amáis, porque en nuestra televisión oficial, entre programas de propaganda, podéis ver a Brutus aplastando a Popeye, a Silvestre comiéndose a Piolín, a Jinks machacando a Pixie y a Dixie, a Tom haciendo jabón con Jerry.

(Otra hora después).

…y por eso me decidí por estas gafas, que me quedan mejor. ¿No estáis de acuerdo?

Se empiezan a oír gritos de sorpresa. Nadie mira a Zepporro Máximo. Todos miran sobre él.

-¿Qué está pasando? 

De la fachada del palacio presidencial se han descolgado dos alpinistas que, con botes de pintura en la mano, empiezan a pintar en la fachada las leyendas “Trozo” y “Morsa”

-¡Sabotaje! ¡Sabotaje!

Las salidas de la plaza se ven de pronto tomadas por las llamadas “Bandas organizadas”. Bandas de encapuchados con trajes estrafalarios que llevan armas de destrucción masiva y bloquean por completo los accesos.


Somos cantores de la tierra lusitana.

¡No! ¡Piedad! ¡Piedad!

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